Villa La Angostura – Día 11

Nos sentamos alrededor del fuego, hipnotizados por las llamas. Ardían frente a nosotros ramitas que amablemente nos habían cedido los miembros de la familia que acampaba frente a nuestras carpas. Yo había tenido que acercarme a manguerales, un poco tímida, un poco sigilosa. Estaban bastante ebrios, absortos en su conversación, escuchando música.

Patricio frente a nosotros nos dijo: ¨me gustaría tener una cámara de fotos para poder retratarlos tan concentrados en el fuego¨. Tuve la sensación de que él podía leerme más de lo que yo pensaba. También sentí que podía ser sincera con ellos dos.

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Nos conocíamos hacía un par de horas. Yo había llegado al camping buscando relajar mi espalda, dura del estrés que causa manejar un largo trecho de curvas, contracurvas, subidas y bajadas con poca o nada experiencia. Ellos venían de pedalear 80 kilómetros, Fabrizio estaba agotado. Me dijo que lo primero que pensaba hacer al llegar a Buenos Aires era comerse un asado. Estaba harto de la comida de viaje: arróz con verduras, arróz con pollo, arróz con queso, arróz con arróz.
En cambio, Patricio solo necesitaba saciar su adicción a los azúcares procesados comiendo alfajores Jorgito para sentirse bien. Acostumbrado a andar en bici (casi que sentí que pedalear ERA su vida) había disfrutado de las curvas y los caminos, los vientos y el tráfico, y casi no había tenido que esforzarse en esos largos kilómetros.

Tuvimos el lujo de coincidir en tiempo y espacio en ese camping de Villa La Angostura, medio oculto, tras una bajada de ripio. Cruzamos dos palabras en las que decidimos compartir la parcela. Todo se desarrollaba con naturalidad, como si hubieramos compartido miles de cervezas artesanales en ese bar de Agronomía, donde un iluminado había dado con que los estudiantes, becarios y docentes de esa facultad eran el nicho perfecto. Y, evidentemente, no se habia equivocado. En el fondo, todos los estudiantes de la UBA somos unos borrachos.

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Yo había vuelto tarde de la ciudad y fue aliviante cuando Fabrizio me preguntó si iba a cenar con ellos. Agregó una porción de arróz en la cacerola y se arrepintió de no haberme pedido una tira de asado en mi escapada. Tarde. Yo había estado una hora y media charlando con ellos antes de irme por un buen rato, insistiéndoles en que si algo querían del supermercado, esa era su oportunidad.
Cenamos hablando de la vida, pispeando los libros que estaban leyendo en ese momento, sin pensar en que la noche aún era joven. Tanto que había tiempo para duchas, mates, historias de suspenso, bardeadas gratuitas, ofrecimiento de estupefacientes, planes a corto plazo y sustos.

Frente a ese fogón no éramos sino tres jóvenes que, en medio de sus vacaciones, se dejaban llevar en conversaciones eternas con desconocidos a ciudades, parajes, otras épocas, universidades, ríos. Porque éramos eso también, personas que recién nos conocíamos pero con quienes compartíamos esa idea de que no nos habíamos cruzado porque sí, y por eso, había que dejar que el único que cronometrara nuestro tiempo juntos fuera el ardor de esas ramas.

En parte nos mentimos al prometernos partir casi al alba. Yo, porque veía como pasaban las horas y no me importaba dormir poco aunque tuviera que manejar, y porque podía estirar mi alarma aunque fuera dos horas más. Ellos, porque eran unos dormilones natos que luego de 7 kilómetros se subirían a un colectivo y de ahí partirían a Buenos Aires en avión.

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Sin embargo, a las dos de la mañana nadie pensaba en eso. Realmente no sé qué les podría pasar a ellos por la cabeza. Yo intentaba armonizar varias ideas: era mi día 11 de viaje y a partir del día 12 partiría sola por la ruta 40. Mis compañeros ocasionales de viaje habían decidido partir en un tour relámpago de compras hacía Chile. Yo, no solo no tenía ganas de hacer shopping, sino que deseaba avanzar cuánto antes por la ruta, en busca de nuevos destinos en la tierra argenta. Rutas en las que también sabía que  tenía quién me recibiera y eso era aliviante. Porque andar sola era algo que estaba anhelando, pero a la vez,  disfruto de esa seguridad de saber y tener a quién recurrir.

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Descargo

Le regalaste al bondi una hora de tu vida esperándolo y el muy choto viene lleno. Te logras sentar e intentas dormir. Necesitas eso, dormir. Tu casa está hecha un desastre, casi como vos. Y en cada minuto que pasa (y que por suerte el bondi también avanza) vos caes en la cuenta de que no solo vas a dormir poco, sino en que todas esas ideas que te dan vuelta por la cabeza no te van a dejar soñar.

Llegas a tu casa, es de madrugada. Te tiras en la cama, ya ni sentís si te desnudaste en la oscuridad o te aprieta el corpiño porque no sentís nada más que la necesidad de morir un poco abajo del ventilador.

Suena el despertador y vos rogas que sea una pesadilla, que te queden dos o tres horitas en el tintero. Pero sabes muy bien que no es así. La realidad es más dura de lo que pretendemos asimilarla. ¨Diez minutos más¨, te decís en silencio. Y pasan diez, pasan veinte y sabes que estás en el horno.

Ni la música más pila te cambia el humor. A veces una buena noticia es lo que más necesitas para arrancar el día.

Y ordenas, y limpias y haces todo a los pedos. Y te sentas a transcribir ese examen que tu celebro te viene dictando desde que te subiste al 57 la noche anterior. Y se te mezclan las ideas porque tenes sueño, pero de a poco toma forma. Y sentís que si la pibita que está invadiéndote la casa hace una semana te lo resuelve, entonces eso podría darle un sentido a tu vida.

Pero no.

La pibita no arranca y vos lo sabes. Y te queres hacer la boluda y no te sale. Y pasan los minutos y ella duda y vos te frustras. Pero mantenes viva la esperanza de que esté completando lo importante y no esas cositas secundarias que adornan, ese chamuyito que te puede hacer safar si te olvidas lo principal. Porque no solo te quemaste el cerebro leyendo ese libro de Biología en dos mañanas, viendo videos para rememorar esos temas que te cuestan y armando clases ¨lo más didácticas posibles¨, sino que queres ver materializadas todas esas horas.

¡Ja! ILUSA. Sí, loca eso sos. Y sigue pasando el hora y parece que sí, que arranca. Y tus hemisferios cerebrales se bardean para saber quién tenía razón finalmente.

Te pones a hojear el libro que te regalaron y sentís que eso necesitas para calmar la ansiedad hasta que se cumpla la hora en la que vas a saber qué carajo está respondiendo la chica de anteojos.


 

Media hora más tarde, te encomendas al universo y empezas a corregir. Y no, la pibita nunca puso primera. Avanzas en el examen y todo sigue sin tener sentido.

¨Otro día de mierda, la puta que lo parió¨.

Mariano

Mariano maneja una FZ 2.0. Una 150. Mariano trabaja en una empresa multinacional hace 20 años. Mariano ama viajar. Mariano fue mi compañero durante más de mil kilómetros en mi viaje a través de la patagonia argentina durante enero de 2016.


Nos conocimos en un grupo de Whatsapp organizado por motoviajeros. Ambos habíamos decidido llegar al sur con nuestras motos en las vacaciones de nuestros trabajos. Nos sorprendimos sabiendo que queríamos avanzar por la ruta 5 el mismo día. La fecha tentativa del viaje era el 4 de enero.

Al principio no supe bien cómo reaccionar. Se me agolpaban sentimientos contradictorios. No estaba acostumbrada a manejar a la par de otros moteros. Era casi una experiencia mística tener esa ruta para uno mismo, ser un anónimo en cada viaje. Sin embargo, en el fondo sentía que era una oportunidad para aprender, para charlar, para conocer y que era un desperdicio tirarla a la basura por un prejuicio. Sin embargo, tomé mis recaudos y, de manera privada, le hice saber a Marian cómo nos manejábamos en la ruta con Suzu.

Suzu no es una moto para andar rápido. La velocidad crucero de una GN 125 oscila entre los 80/85 kmh, es decir, que yendo más rápido se produce un gasto mayor de combustible y el motor se fuerza. Esto no quiere decir que el motor se va a prender fuego ni que se va a fundir, sino que simplemente acelerarla de más acorta la vida útil de la moto.

Sumado a esto, yo era una piba con una experiencia de seis meses. O sea, muyyy poca. Había hecho viajes cortos pero nada de esta magnitud. No obstante, no tenía miedo. Me tenía confianza. Todas estas cosas se las quería decir a Mariano. No quería arruinarle a nadie el viaje. Y lo bueno es que él lo supo entender y se copó con la idea de arrancar. En realidad íbamos a ser más, pero por una cosa u otra, resultamos siento solo nosotros.


Debo decir que disfruté mucho de mi primer compañero de viaje. Nos la pasamos conversando, riendo, compartiendo experiencias y escribiendo nuevas. En Mariano sentí ese padre copado que te aconseja, que no duda en enseñarte; pero que también goza de jovialidad, se ríe con vos y se toma una birra a la par (aunque esto era difícil porque si hay algo que Mariano tiene es un aguante re zarpado para beber).

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No obstante, lo que más rescato de Mariano fue que haya decidido compartir conmigo los primeros kilómetros del que era un viaje especial para él también. Aquejado por una enfermedad rarísima que poco a poco lo dejaba sin visión, había decidio regalarse este viaje antes de la renovación de su registro para conducir. Contaba con serias posibilidades de no coneguirlo y tener que bajarse de la moto. Cuando me contó todo esto, yo supe en mi interior que nada malo nos podía suceder. Estos regalos hermosos siempre son acompañados por el Universo. Aunque pasamos varios peligros de choques, cámaras mal talonadas, caídas, vientos; nada nos detuvo.

Y aún en las miles de diferencias que tuvimos y seguiremos teniendo, Mariano fue un aprendizaje hermoso, el primero, en mi viaje. Y estoy eternamente agradecida porque nuestros caminos se cruzaron en el momento y lugar indicado.

Mariano es un conductor increíble y logró transmitirme mucho de lo que sabía. Fue una de esas personas especiales que alimentaron mi confianza para, finalmente, terminar este viaje a solas. Pero no la única…

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Motoviajeros

Con la decisión firme y el viaje tomando forma, lo siguiente fue empezar a pensar en los posibles contratiempos que podían presentarse en el camino: pinchar en medio de la ruta desierta, un conductor desquisiado dispuesto a arriesgar su vida y la de los demás, la rotura de alguna parte fundamental de la moto.

La soledad, que para algunos era otra de las adversidades que debía tener en cuenta, para mí era un alivio. De por sí yo ya era bastante solitaria y, en este último tiempo, había aprendido que ese silencio con uno mismo resulta uno de los momentos más íntimos a los que uno puede aspirar. Me había acostumbrado a hacerme mis escapadas, a mi ritmo, sin atrasar ni esperar a nadie. La soledad es la otra cara de la libertad.

Hacía tiempo participaba de foros sobre motos y viajes. Esos eran mi predilección en Facebook. Había dado con un conjunto hermoso de personas, amantes de la GN 125, que, a través de las redes sociales respondían consultas. Dar con ellxs fue una de los primeros hechos que me dieron confianza para andar. El respeto, la buena vibra, la sencillez, todo eso y más lo había encontrado ahí.

Pero fue otro grupo el que sería decisivo para mi viaje. MOTOVIAJEROS EN ACCIÓN, PASIÓN ARGENTINA fue una página en la que empecé a participar por casualidad. Allí leí muchísimas experiencias en ruta, pero también, ahí di con mi primer compañero de viaje.

A mediados de diciembre fui integrada a un grupo de Whatsapp organizado por la página cuya única condición era viajar en moto a la patagonia argentina durante 2017. Me shockeó mucho ser, no solo la primera mujer que agregaban al grupo, sino la única que manejaba. Me sentí orgullosa y a la vez fue como un baldazo de agua helada. Hoy puedo decir que somos más de las que parecemos las que decidimos hacer de nuestra libertad kilómetros de ruta.

Muchos me dijeron y siguen diciendo que tuve suerte, que soy demasiado confiada. Yo creo que uno siente estas cosas, y a veces debe dejarse llevar por su instinto. Porque solo así, arriesgándose, es como uno conoce a las personas más hermosas y, en palabras de una motoviajera, ¨mágicas¨. Mariano fue eso para mí.

Coincidíamos en ruta y día de salida. Y a través de audios interminables fuimos forjando una relación de confianza. Aliviada estuvo mi mamá cuando supo que no iba a viajar sola, pero a la vez, recelosa: ¿viajar con un completo desconocido? Porque fuimos eso, una voz del otro lado del teléfono hasta ese peaje a las 6:40 am en la ruta 7 el 5 de enero de 2017.

Sin embargo, esta compañía no sería la única y no sería para todo el viaje…

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Viajar sola

La decisión estaba tomada. Me iba, sola en mi moto.


La GN 125 es mi primera moto. Es una moto confiable, fiel. De mecánica simple y perfectamente hecha para principiantes.
Había llegado al mundo motero de la mano de un ex novio, fanático de los fierros, que me llevó como acompañante mucho tiempo y me animó a adquirir mi propio vehículo. La relación no funcionó por muchas cosas, pero si algo bueno me dejó fue la herramienta perfecta para una piba inquieta como yo. Amante de los viajes (en tren, micro, avión) entendí que la moto es un sinónimo casi preciso de la palabra libertad.
Cuando recuperé mi corazón y mi confianza tras terminar mi relación, decidí poner eso en la ruta. Me escapaba los fines de semana a donde tuviera ganas. Ramallo, San Pedro, Gualeguaychú, Mercedes. Conocí a otros que también compartían el amor por la GN, hice amigos nuevos, me volví adicta a leer los foros para entender qué era lo que la moto hacía por mí cuando avanzaba los kilómetros que nos separaban de nuestros destinos.

Mi abuelo y mis tíos se habían acostumbrado a escuchar el motor de Suzu las mañanas de los sábados y a recibir horas después mis saludos desde donde quiera que me encontrara. Incluso mis amigos me animaban cada vez que yo decidía emprender un nuevo viaje.


Pero esto era diferente. Esta vez había decidido que dos días era muy poco para viajar. Y que la patada de tablero que había dado a mediados de 2016, abandonando mi trabajo redituable en una oficina de Microcentro y cambiándolo por las aulas del conurbano bonaerense, se merecía una celebración lejos de casa.
Me había propuesto tener enero como un mes completo para disfrutar en la ruta. Como y donde yo quisiera.
Tener un amigo en General Roca, Rio Negro, a unos 1000 km de casa era perfecto. Me aseguraba  recorrer tres provincias y de tener un lugar seguro a donde dirigirme. Fui masticando la idea a lo largo de unos meses y cada vez me sentí más segura y convencida de que cerraba por donde lo viera. Y de paso podría hacer una escapada y conocer un poco más los lugares cerca de Roca. Era perfecto.
El anuncio no cayó de la mejor manera. Sobre todo a mi abuelo, con el que tuvimos una larga charla. ¨¿Cómo que te vas sola? ¿Y si te pasa algo? Sos una mujer… hay más paligro¨, me dijo, acá mismo, en la mesa en la que escribo en este momento.
Y se me pasaron mil cosas por la cabeza, pero un solo argumento válido para él. ¨Sabes qué pasa viejo, que si me tiene que pasar, me va a pasar acá en la esquina o en la ruta, pero prefiero que me pase haciendo algo que ame. Yo no puedo dejar que el miedo haga que me pierda de conocer las rutas. Solo puedo prometerte que voy a tomar absolutamente todos los recaudos. Está decidido¨.

Un mes después, arranqué lo que sería no solo mi primer viaje largo en moto, sino una de las experiencias más hermosas de mi vida.

En el tren

Subieron al tren armando un quilombo bárbaro.
Eran dos nenas, un bebé en un cochecito, mamá y papá cargando un televisor del año del jopo. Se los veía sucios y felices. Tenían esa clase de sonrisa contagiosa.
Mamá le pidió a un señor que les cediera el asiento a las nenas, que con cada sacudón se estrolaban con la puerta.
Si eso no era valentía, ¿entonces que era? Me había cansado de las señoras y señores cargando niños pequeños y de las embarazadas que jamás reclaman su derecho a sentarse en un medio de transporte. Tarde, pero había entendido que las cosas se conseguían así: pidiéndolas. Nadie te iba a regalar nada. Y si podían zafar haciéndose los pelotudos, no lo iban a dudar.
Pronto se desocupó un asiento a mi lado. Una de las nenas se sentó conmigo. El señor que tenía enfrente le hablaba con ese cariño inexplicable que tiene un padre cuyos hijos crecieron hace mucho. Ella lo miraba con esos ojos redondos mientras no paraba de rascarse la cabeza.
Yo quería preguntarle cómo estaba, si era feliz. Los niñxs no mienten, ¿no? Quedándome callada y con la cabeza llena de dudas sumé una acción más a mi lista de boludeces.
Me distraje un momento y la voz del padre me volvió a la realidad: en la próxima bajamos, dijo. La miré a ella, dormía.
Su papá se asomó y me miró, porque la nena no se movía. Le dije suavecito: creo que se durmió. Pero la vi sonreír con los ojos cerrados.
Su papá, que la conocía muchísimo más que yo, le acarició la mejilla y ella se levantó sonriente.
En esos ojos de niña, en esa sonrisa de padre, en ese gesto de amor, me aguanté una lágrima.

Yo era la única que sonreía

Viajábamos seguido con mamá. Todos los domingos teníamos una especie de rutina.  Desayunábamos con papá, en su única mañana libre. Luego mamá me vestía con la mejor ropa y emprendíamos un largo y entretenido viaje en subte y tren a la casa de la tía María que vivía en Coronado.
Papá nunca venía con nosotras. Al parecer mamá respetaba tanto su descanso que eso incluía eliminar nuestra propia presencia.
Ese domingo llegamos a la estación Carlos Gardel y el cartel anunciaba que el tren pasaría a las 12 35. Le pregunté a mamá qué significaba eso. Me dijo que habíamos perdido el subte y faltaban 10 minutos para poder subir al próximo.
Ese tiempo que para algunos es insignificante y para otros es una eternidad, a mí resultaba una nueva oportunidad para explorar la línea B. Mamá me daba cierta libertad bajo la promesa de no alejarme demasiado de ella ni acercarme a las vías. Yo me entretenía mirando los enormes carteles y soñando con, alguna vez, tomar el subte en otra estación, porque las demás estaban llenas de dibujos que apenas lograba ver en los pocos segundos que significaban las paradas.
Pronto escuché la voz de mamá que me avisaba que el recreo estaba terminado porque el tren estaba arribando a la estación.
Nos sentamos una frente a la otra. El subte no iba lleno pero no había suficiente espacio para sentarnos juntas. En mi cabeza de nena de 5 años me sentía grande e independiente cuando eso sucedía. Me imaginaba que yo era una mujer que iba a la oficina a trabajar y no una niña que paseaba. Fantaseaba mirando a otras chicas jóvenes, como la que tenía sentada a mi lado, que iba leyendo un libro del que después iba a resultar mi autor favorito en la adolescencia: Charles Baudelaire.
Otro detalle al que yo prestaba atención eran los vendedores: lapiceras, anotadores, chocolates, pañuelos descartables. Todo era una oportunidad. Mamá nunca me compraba nada por más que yo insistiera. Sólo si era completamente necesario, asomaba la billetera de su cartera. Como la vez que me sangró la nariz en verano y mamá no tuvo otra que comprarle pañuelitos a un chico porque no quería que llegara a lo de la tía toda empapada y coloreada en rojo.
A esos vendedores yo ya me había acostumbrado, pero ese día el subte se me tiñó de alegría. El nene entró y dijo que iba a hacer algo para entretenernos. Las pelotitas azules giraban en el aire y hacían un sonido como una maraca. Nunca había visto algo tan hermoso. Me di cuenta tarde que yo era la única que lo miraba. No podía creer que nadie se emocionara. Pensé que quizás eso era crecer. Tal vez ellos habían visto miles de niños haciendo malabares.
Miré a mamá y me acerqué. Sacó la billetera y me dió un billete verde. Me dijo que volviera a mi asiento. Yo quería preguntarle por qué nadie lo aplaudía, por qué nadie lo felicitaba, por qué nadie lo había mirado. Sin perder la sonrisa entendí que ese niño lo hacía para juntar billetes. ¿Por qué él hacía eso? ¿Mamá me dejaría aprender malabares a mi también? La próxima vez que lo viera le iba a pedir permiso a mamá para hacerle a ese nene todas las preguntas que se me ocurrieron.

Descargo

Basada en experiencias propias y de allegados que han compartido parte de sus vidas con quienes volcaron sus inseguridades cuestionando e intentando coartar libertades, es que arribo a algunas conclusiones.

Si tu pareja:

  • Cuando le contas que vas a empezar una actividad nueva por tu cuenta, te hace comentarios como: ¨seguro vas a conocer a otras personas (despectivamente)¨ o que ¨esas personas se van a aprovechar de vos¨. Entonces, no te olvides que tenes todo el derecho de hacer actividades que te nutran, que te hagan crecer, que te gusten, que te permitan disfrutar de tu tiempo libre. Con tu pareja o sin ella. Hacer lo que te hace bien no tiene que ser algo que se cuestione desde la desconfianza.
  • Te pone en una posición que torna obligatoria su presencia cuando organizas juntarte con tus amigas, amigos, familia, gente de la facultad o del trabajo. No olvides que tanto vos como tus seres queridos merecen tener su espacio para contarse confidencias o simplemente ser ellos mismos sin un tercero.
  • Te acusa de ¨discutir porque seguro queres salir por tu cuenta¨, siendo tu pareja quien provoca las situaciones de choque y después recae en la culpabilidad para lograr que no salgas. Es propio de alguien que no confía en vos, es el sentimiento de inseguridad e inestabilidad que le provoca que vos puedas formar una vida sin ella. Salir a divertirte con tus seres queridos no tiene como consecuencia directa la infidelidad, aunque así te lo quiera hacer creer.
  • Te responsabiliza de que lo/a dejas solo/a, que con otras personas ¨seguro la pasas mejor¨, que sos egoísta, te echa en cara la cantidad de horas que pasas con otra gente. La culpa es otro mecanismo para que abandones las cosas que te gustan o a las personas que queres, no es propio de alguien que te respeta.
  • Justifica sus celos con argumentos como ¨el otro es¨: a) alguien que te quiere coger, b) alguien más interesante, c) alguien más bueno, d) alguien del que aún vos no te diste cuenta de sus segundas intenciones. Entonces, ¿no te tiene confianza o no confía en sí mismo/a como la persona que vos elegiste? Se trata de una persona que al no confiar en sí misma no puede confiar en alguien más.
  • Te reprocha que estás cansado/a por culpa de las actividades que te gusta realizar. No te olvides que tenes una vida y lo que hagas con ella requiere tiempo y también genera cansancio. Mereces y tenes todo el derecho a querer descansar y tu pareja lo tiene que entender, sino es porque realmente no entiende con quién está. Alejarte de lo que te hace bien para que pases más tiempo en la relación no es sano.
  • Te degrada, se ríe de vos y te trata como un/a inútil cuando estas aprendiendo algo nuevo. Entonces no vale la pena, porque que tu pareja crea que no puede lograr sus metas no quiere decir que vos no lo puedas hacer con las tuyas. Somos capaces de hacer de todo, incluidos los mandatos sociales. Buscamos alguien que nos acompañe, nos apoye y en quien apoyarnos. Socavar tu confianza y autoestima no se corresponde con alguien que te ama.

Somos personas que trabajamos, estudiamos, tenemos vida social y además una pareja. Queremos crecer profesionalmente, viajar, conocer gente y nutrirnos de diversas experiencias.

Trabajá en tu confianza y en lo que anhelas para vos mismo, conócete, encontrate, el resto viene por añadidura. NO TE CONDENES A PERDER LA CURIOSIDAD Y DEJAR DE SER VOS ¨POR AMOR¨.

Joven mala onda

Subte repleto. Más que repleto, hasta las reverendas pelotas. Joven con auriculares se ubica en un pasillo, entre la multitud que se empuja, codea violentamente y se putea mutuamente.

Joven se propone saborear poco a poco a Arcade Fire, mientras la señora que tiene parada delante no deja de mirarla cada vez que, como consecuencia de que la empujan, la joven mueve un poco a la mujer.

Joven no tiene ganas de hablar. Con nadie. Joven cree que su cara de culo más sus auriculares pueden resultar la evidencia concreta de que esa mañana no tiene ganas de lidiar ni socializar ni pelear con ningún otro ser vivo. La mujer la sigue mirando, hasta que de repente mueve los labios. Joven baja el volumen, sin quitarse los auriculares, señal manifiesta de que su atención fue interrumpida pero que no desea dedicar más de tres segundos un otro.

La señora le dice que por poco no se tiene que agarrar de los asientos para poder permanecer parada. Hecho que en realidad irritaría al que viaja sentado y que incomoda bastante a la joven que no ha cambiado de opinión sobre su deseo de no interactuar. Joven asiente y sube nuevamente el volumen. Señora no queda contenta e insiste, a pesar de que la joven hasta evita el contacto visual. Señora se empecina en continuar una conversación, sin tener en cuenta ninguna de las manisfestaciones previamentes enumeradas.

Señora ahora se queja de que el subte va muy lleno, de que todos van aplastados. Joven baja nuevamente el volumen y piensa seriamente en las palabras para dar por finalizada la conversación:

-Señora, no es un problema del subte. El problema es que vamos todos al mismo lado a la misma hora todos los mismos días. Evidentemente lo que está mal es estructural y no depende del subte en sí. – Fin de la conversación, subir el volumen.

Estación Pasteur. Dos estaciones para terminar con la tortura de viajar como el ojete y de soportar a la señora que tiene tantas ganas de comuncarse.

Se levantan dos personas, la mujer se sienta e invita a la joven a sentarse junto a ella. Indiscutiblemente el martirio no termina nunca. La joven la agradece pero se excusa indicando que ya se baja. La señora, ya no sorprende, se empeña en ser la receptora y custodia de la mochila ajena. La joven, ya no sorprende, niega con la cabeza intentando continuar con su escucha. Y ahí llega el golpe de gracia:

– Cuando seas grande, te vas a acordar de mí – y se detiene el tiempo. ¿Se va a acordar porque no le dio pelota? ¿Se va a acordar porque no se quiso sentar al alado de una mujer insoportable? ¿Se va a acordar porque no dejar que le sostengan la mochila va a tener un correlato en 30 años haciéndole doler la espalda?

Todas las preguntas abarrotan la cabeza de la joven en menos de un segundo, o al menos en menos de un minuto que es lo que falta para que las puertas del subte se abran en la estación Uruguay y al fin consiga liberarse del tormento que es esa mujer, del calor insoportable y mohoso del subte y de las ochocientas mil personas que le aprietan los pulmones y le llenan de codazos las costillas.

– Señora, cuando sea grande no voy a viajar en subte apretada y mal como viaja Ud. Y voy a hacer todo lo necesario para que eso no suceda.

La joven abandona el subte sin un puto remordimiento ni sentimiento de culpa.

Mantra

Tengo que ser fuerte. Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.Tengo que ser fuerte.

 

Tengo que ser fuerte.

Porque sino me muero de amor, de decepción, de desesperación.

Porque sino perdí otra vez, porque sino la culpa la tengo siempre yo.

Tengo que ser fuerte.

Porque no quiero dejar de ser yo misma.

Ni tampoco pedir perdón por serlo.

Tengo que ser fuerte.

Porque lo que yo siento es lo que siento y no va a cambiar poque nadie me guiñe el ojo ni porque me hable de cosas interesantes.

Porque, aunque parezaca que SIEMPRE me toca tener que ser fuerte es AHORA cuando lo tengo que ser realmente.

Tengo que ser fuerte.

Aunque sea cansador. Aunque no sea redituable.

Aunque a muchos le caiga mal. Aunque algunos piensen que sumisa soy más linda y simpática.

Tengo que ser fuerte.

Porque esta vez estoy convencida de lo que quiero para mi vida y nadie lo puede arruinar.

Y aunque parezca que no, a veces también lloro aunque siempre parezca fuerte.